Con dos tacones

Me presentaré. Filóloga por convicción y profesora por vocación. De mí, una intelectual de pro, se esperaría que leyera a los clásicos, que viera cine de autor –mejor si es en blanco y negro y con subtítulos-, y que escuchara a los cantautores aplaudiendo cada uno de sus versos en silencio, uniéndome con ellos al mensaje de que este mundo es un desastre a punto del desplome y que luchar por la utopía es posible todavía.

Y lo hago. Porque creo en ello. En la música, el arte y la poesía. En las tardes de lluvia. A pleno sol. Pero especialmente, cuando me lo pide el alma.

Ellos, los de afuera, los que no te conocen pero te observan desde este Gran Hermano particular que es la vida, te dirán que , una mujer preparada, con una carrera bajo el brazo y un título en el maletín, no puedes dejarte llevar por la masa soñando con unos Loboutin, leyendo el Vogue o viendo Gossip Girl porque eso no es lo que se espera de ti.

Debes dedicarte a ver los programas culturales de La 2, a leer hasta que se te caigan los párpados y a ser invisible para que el mundo te olvide. Parece que solo se nos plantean dos opciones excluyentes: o lista o guapa. Pues he aquí el secreto mejor guardado: puedes ser lo que te apetezca.

Yo escogí romper con las expectativas. Me quedé con lo mejor de los dos planes. Lectora insaciable y ecléctica, soy una chica lista a la que le gusta estar guapa. No puedo saber cómo me imaginas, pero sea como sea, no será más que un estereotipo.

Porque yo solo soy una chica. Una chica normal. Mona, pero del montón. Agradecida a Dios y los seres superiores del universo por haberme dotado con un metabolismo veloz que me permite comer y mantenerme dentro del canon imperante. Con una melena indomable ante la humedad canaria que acude a la plancha y al secador para no parecer una leona.
Soñadora y a menudo demasiado romántica para encajar en esta sociedad. De piernas largas pero con cicatrices, pasé la infancia sufrida subida a unas botas ortopédicas horrendas para poder caminar erguida cuando fuera mayor, soñando con unos zapatos de ensueño, brillantes…

Mis primeros tacones.

Cuando te subes a ellos crees que serás infundida por una seguridad aplastante y que andarás confiada y con elegancia, pero resulta que no. Ser guapa cuesta trabajo, y estarlo, no les cuento. Andar con tacones debería ser uno de los imprescindibles cursos de extensión universitaria de todas las universidades españolas. Bueno, del mundo, porque no solo no es fácil, sino que duele.

Los pies no están hechos para caminar en las alturas. Ni los tacones son cómodos aunque estilicen. Ni sirven para subir cuestas –no te digo ya bajarlas-. Mucho menos escaleras. Ser mujer es de profesionales. Es un trabajo duro para el que no nos entrenan.

Se espera de nosotras que nos formemos, que luchemos y trabajemos para destacar, pero que lo hagamos estando perfectas. Subidas a tacones de diez centímetros, con el pelo perfecto, el maquillaje imperturbable y la sonrisa permanente aunque nos sangren los pies. Pues no es fácil señores, no lo es.

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