Carrie, Patri y otras chicas del montón…

Aquí estoy. Escribiendo. Escribiéndote.

Dibujando letras en la pantalla. Borrando dos de cada tres palabras. Siempre buscando la palabra exacta. La que defina lo que pienso o siento. Definitivamente la mejor, ¿pero existe?

Escribir es reescribir. Una y mil veces. Y aunque la inspiración existe y las musas a veces acuden a nuestro encuentro, esta tarea requiere de constancia y trabajo duro.

Cuando cayó en mis manos la posibilidad de escribir esta columna, acepté sin dudar. Me ilusionó la posibilidad de tener una ventana al exterior con vistas a lectores. Porque yo no soy Carrie Bradshaw.

No vivo sola en mitad del bullicio de la gran manzana. No tengo un vestidor lleno de ropa de firma ni mucho menos esa gloriosa colección de zapatos. Debo compartir armario con mi hermana con las consiguientes peleas producto de la convivencia. Guardo mis zapatos bajo la cama en cajas. Igual que la ropa que no me pongo a menudo. Aunque siempre acabo agachada buscando algo. Da igual cómo lo ordene. Pasa.

Tampoco tengo escritorio. Así que cuando puedo me adueño de la mesa de mármol del salón o convierto mi cama en mi sala de operaciones: cojín, lámpara y el sonido de las teclas. No necesito nada más.

Carrie vive al día. Pasa la semana callejeando por la ciudad viviendo mil y una aventuras. Asistiendo a fiestas, cenas y almuerzos y, al final, siempre acaba encontrando un tema del que escribir.

Debe ser la única a la que no le asusta la famosa página en blanco. Todos lo hemos vivido. Lo hemos sentido. Ese momento en que abrimos el procesador de textos. Creamos un documento y…

Somos incapaces de escribir una palabra.

Todo nos parece un sin sentido. Una incoherencia. O, simplemente, no se nos ocurre nada. Y entonces echamos humo por las orejas. Nos damos una vuelta por la casa. Miramos el móvil. Vamos al lavabo. Nos ponemos música. Quizá una peli. Pero no pasa nada.

Ni una sola palabra. Y entonces comienza el agobio. El no llegar al plazo. Y sí, el pensar que la inspiración no sabe donde vivo.

Pero al final ocurre. Una bendita idea aparece en mi cabeza. Fruto del trabajo, el esfuerzo y las horas pegada a la silla. Y los dedos vuelan por el teclado. Y entonces sonrío. La magia es una combinación de constancia y oportunidad.

No negaré que me gustaría tener el vestidor de Carrie. Ese sueldo que le permite una vida fabulosa. Vistas a Manhattan.

Ahora escribo para mí y este mundo del que ustedes forman parte. Busco empleo remunerado para intentar independizarme algún día y poder vivir en la ciudad, aunque sea en un piso de 30 metros.

Querida Carrie, querid@s lector@s, ahora quiero ser yo misma. Junto a mis sueños y sin mi Mr. Big particular en el armario.

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