Hecho a medida

Cinco de la tarde. Una suave brisa parece querer llegar pero no lo hace. Tedio absoluto.

La televisión suena. Está encendida pero no la veo. Móvil en mano he revisado todas las páginas que me interesan. Ya he visto las tendencias y sus correspondientes versiones para bolsillos menos pudientes.
No tengo ganas de playa. De nada en realidad. Vuelvo a mirar mi teléfono. Abro la ventana del chat.

Su chat. Solo hay algo peor que la separación. El “está en línea pero no me escribe”.

Bramo al cielo del coraje.

Me peleó conmigo misma. Lanzo el aparato al otro sofá.

Y suena.

Y es ella. Ella y no él.

Esa persona que te conoce mejor que nadie. Que tiene ese sexto sentido que le susurra al oído que estás mal y la necesitas. Tu amiga del alma.
Y entonces te saca del sillón. Te dice que te duches y salgas a la calle. Y tú lo haces porque hay momentos en que solo ella te entiende.

Quedamos en el centro comercial. Yo voy sin maquillar, zapatillas y mallas. Más que de compras parece que voy a echarme a correr.
No lo hago aunque me muero de ganas. De volar. De escapar.

Lo haces .

Vienes hacia mí y me abrazas como si hubiera pasado un siglo desde que nos viéramos por última vez. Lo haces con todas tus fuerzas, diciéndome sin murmurar palabra que me quieres, que soy la mejor y que él se lo pierde por dejarme marchar.

No hablamos de eso. No de las penas. Me arrastras hacia las tiendas. Comenzamos a probarnos faldas y vestidos de marca.

Las dependientas nos miran extrañadas. Evidentemente no vamos a comprar nada. Solo a pasarlo bien.

Y los vestidos y faldas desentonan al máximo con nuestras mallas y deportivas. Nos faltan medias y tacones. Pero entonces rompo a reír. Estamos ridículas. Pero ya has hecho tu magia.

Consigues que siempre me guarde las lágrimas en la cartera y las cambie por una sonrisa real, que brota con tus bromas y ocurrencias, con la mano que me sostienes cuando el desamor me lleva al borde de una tristeza difícil de consolar.
Lees en mí como en un libro. Detectas cada mirada con una caída de ojos. Me escuchas con la paciencia de un santo. Me aconsejas. Me abroncas.

Yo vuelvo a tropezar. Desoigo tus consejos. Me caigo pero al girar la cabeza sigues tendiendo tu mano para retomar el camino.

Y de repente todo encaja en esta sociedad desapegada. Estamos juntas. Intentamos cambiar el mundo para mejor entre zapatos y bolsos que no combinan con nada de lo que tenemos -probablemente con nada que exista- y las penas son menos.

Atrás quedan los exámenes, la falta de trabajo o dinero, los amores contrariados y perdidos.

Los príncipes y sus zapatitos de cristal también se oxidan pero la amistad es un sentimiento que sobrevive a todas las temporadas. Nunca pasa de moda. Es un clásico. El “must have” que sobrevive a las tendencias.

Es ese vestido que todas tenemos en el armario para una ocasión especial. Ese que con solo llevarlo te hace feliz. Se ha fabricado como todos los demás pero en el fondo sabes y sientes que está hecho exclusivamente para ti.

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