En busca de la utopía perdida

Este no iba a ser el tema de la semana. Era otro, más banal quizás. Pero el aciago viraje del destino ha hecho que, como otros tantos escritores, me vea en la necesidad de plasmar la sorprendente admiración que me ha despertado este país estos últimos días.

España es solo un lugar en el mapa. Uno de tantos. Siempre he creído que un@ nace donde se encuentre su madre y no donde necesariamente le toque. Nunca he sido nacionalista, pues para mí solo es una palabra. Tampoco he entendido nunca como un concepto ha podido generar tanta controversia y desunión pues a mis ojos, “nación” y “país” no son más que sinónimos.

Pertenezco a esa generación con estudios pero sin trabajo, luchadora pero sin respuesta, rebelde y con mucha causa.

Reniego de los corruptos que llenan las portadas. De todos aquellos que se aprovechan de nuestro voto para llenar sus bolsillos y arrancarnos un poco más la dignidad cuando posan ante la cámara con una sonrisa mientras esperan un juicio largo y lento junto a los mejores abogados.

Dicen que en las malas es cuando descubrimos quiénes somos y a quién queremos tener a nuestro lado. Pues bien, yo quiero contar con los ciudadanos. Con todos aquellos que pese a tener nombre y apellido no salen en los periódicos cada día.

Necesito a los anónimos, esos a los que se les tilda de héroes pero reniegan ante esta denominación.

“Solo hemos hecho lo que cualquiera habría hecho en estas circunstancias, ayudar lo máximo posible”.

Esta frase se ha repetido estos días en entrevistas y reportajes a diversos habitantes de Galicia. Ninguno quiere colgarse la medalla. Y sin embargo, son los que más la merecen.

Son los que salieron a la calle sin importar las terribles imágenes que quedarían grabadas en su memoria. Los que tomaron todo lo que tenían para sacar a la gente del tren. Los que los taparon. Los que les hablaron para que no cerraran sus ojos. Los que acompañaron. Los que donaron su sangre para dar más vida.

Los funcionarios tan criticados que doblaron turnos. Los que se dirigieron al lugar del accidente abandonando el sitio en el que estaban porque sabían que debían estar donde se necesitaban.

Eso es este país llamado España.

Son todos los bomberos, médicos, enfermeros, celadores, policía, agentes de protección civil… Todos esos funcionarios de guardia y sin ella, los que fueron donde hacía falta para agilizar las tareas de salvamento y reconocimiento.

Ellos que meses atrás han salido a las calles reclamando ayuda, intentando evitar la afilada tijera gubernamental, son hoy alabados por la plana mayor de la política.

Podrán acusarme ahora de demagoga, de injusta, de parcial. Pero esta semana he vuelto a creer en mi país entre lágrimas.

España es mucho más que sol y playa. Más que sus monumentos. Que Nadal, Alonso y la Roja. Es más que un país de pandereta y picaresca rayando la sinvergüencería.

Son sus gentes.

A todos ellos les agradezco desde esta parcela, desde mis zapatos, que me hayan hecho creer en el género humano. Ese que desinteresadamente salió a la calle. Ese que demostró que España puede ser un pueblo unido.

Ojalá que dure. Ojalá que no sea solo producto de la desgracia y la tragedia.

Ojalá quede espacio para seguir creyendo en la utopía de una España plural y unida.

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