La “segunda” vez

Dicen que segundas partes nunca fueron buenas pero yo -que soy de las que por norma se salen de la opinión de la mayoría- digo que son incluso mejores.

Tendemos a pensar que la primera vez que haremos algo será maravillosa. Tirando a perfecta si me apuras. Y es que en la imaginación no hay cabos sueltos ni daños colaterales.

Voy hoy a permitirme el lujo de generalizar. Y es que, a nosotras empezando por los cuentos y acabando por el cine nos venden la idea de ese primer amor perfecto e idílico.

Sí. Ese hombre guapo, alto, con una sonrisa que hace temblar hasta a la escala Richter, con unos valores dudosos al principio -pero que luego rectifica y mejora, lo que lo enaltece todavía más-. Él es una persona maravillosa. Cree en el compromiso, quiere cuidarte y amarte sobre todas las cosas, desea formar una familia contigo, lo da todo por ti porque ve el mundo a través de tus ojos. Es un príncipe. ¡Qué diablos, es un Dios!

Pero amigas, aquí viene la mala noticia. Es todo un mito. Walt Disney nos engaña desde pequeñas. Nos vende la idea de ese ser superior que habita en su cabeza pero que en el planeta Tierra ni está ni se le espera.

Y es que ese hombre, ese amor, no es más que un concepto, una abstracción en la que pensamos y a menudo, con la que soñamos.

La vida real suele ser más dura. Infinitamente más compleja. Por eso, cuando el primer amor nos arrolla doblándonos las rodillas, destrozándonos el estómago, alterándonos el alma y llevándosenos el corazón creemos que será lo mejor que nos podrá pasar.

Somos inexpertas. Aquí afirmo.
Es lo que tiene la primera vez, que no ha habido experiencias previas. Y entonces, durante ese noviazgo/relación -o como se quiera llamar en estos tiempos tan modernos- cometemos errores y virtudes a partes iguales.

El primer amor es abrasador para el alma. Y también es incertidumbre. Es el miedo a no saber qué hacer ni cómo. Es duda. Es pasión, ingenuidad y locura.

Es una experiencia que se queda grabada para siempre en la piel y el corazón. Es ese recuerdo que, a menudo, con el paso del tiempo idealizamos y guardamos en un lugar privilegiado de la memoria.

Es lo que esperamos. Es lo que tenemos que vivir. Es una etapa necesaria, pues a los quince años nada se desea más que querer y ser querido.

Pero yo, tan rebelde de un tiempo a esta parte, me quedo con la segunda vez. Con el segundo amor.

Ese es el intenso. El que te atropella la vida. El que te llega cuando tu principal preocupación es todo excepto enamorarte.

Ya has vivido ciertas cosas en la vida. Ya no le temes a quedarte a solas, mucho menos al sexo, ya tienes cierto bagaje. Entonces, cuando tu cabeza está a otras cosas, ya sea tu familia, tus estudios o el trabajo, entonces, cuando peor te viene, cuando menos te lo esperas llega él.

Nunca es como te esperabas. No responde al canon ni físico ni interior. De hecho, hasta te cae mal. Se cuela en tu vida como si nada. Y entonces te enamoras como la quinceañera que fuiste pero con tu edad actual. Las reglas del juego son las mismas pero la situación ha cambiado.

Ya no lo verás cada día en el instituto. Ahora tienes que llamarlo tú. O peor, esperar a que te llame. Ahí engordas o adelgazas -esto va según la persona-. No duermes. Te agotas. No sabes nunca cuando la historia se convierte en noviazgo porque esas “cosas” ya no se preguntan. Y conviertes tu vida en un estrés total.

Vives para cuadras tu horario con el suyo. Una bolsa de deporte se convierte en tu aliado. Es una hiperextensión de tu cuerpo con todas las idas y venidas tras los “¿en tu casa o en la mía?”. Y nunca sabes dónde te has despertado. Pero abres los ojos y está al otro lado de la almohada.

Está.

Y nada más importa. Ni los ronquidos ni la baba colgando. Es él y lo sabes. Porque solo él provoca esa sensación de plenitud en ti. Porque te arranca esa sonrisa bobalicona pese a levantarte a las siete de la mañana. Porque canta canciones horteras desde la ducha y eso te hace reír.

Porque desayuna contigo con prisa pero prestándote atención. Porque se despide con un beso rápido llegando cada día algo más tarde al trabajo. Porque al final de la jornada lo volverás a ver. O no dormirás tras una larga sucesión de mensajes de chat entre los dos.

Porque con él ya no importa lo que lleves puesto ni necesitas lucirte tanto. Porque te mira y hace que te sientas sexy con una de sus camisetas de fútbol. Porque cuando ves tu cepillo de dientes junto al suyo el corazón te da un vuelco en el pecho.

Es el segundo amor. El que te revoluciona la vida.

Intenso e inmenso.

El que te toma cuando crees que estás de vuelta.

El que te hace ver que todo acaba de empezar.

Segundas partes siempre fueron buenas. Algunas incluso son las mejores.

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