Lugares que no aparecen en los mapas

Pudiera parecer que voy a hablar hoy de esa maravillosa novela de Berta Noy que me cautivó hace ya unos meses.
Podría hablar sin cansarme de ella porque sus páginas consiguieron arrastrarme a una espiral de emoción que hacía mucho no sentía leyendo.

Viví con la protagonista: su dolor, su alegría, su amor pero sobre todo me identifiqué con su paisaje.

Porque hay lugares que no existen en los mapas.

Y esos son los más comunes.

Es esa playa perdida en la que te enamoraste por primera vez.
Es la heladería en que conociste a tu mejor amiga.
Es el aeropuerto donde te despediste de alguien a quien jamás pensaste decir adiós.
Es esa plaza mal conservada y sucia de pueblo en que nos besaron por primera vez.
Es el bar en que siempre te reúnes con tus amigos.

Es la vida y nada más.

Los lugares no son más que espacios vacíos. De nosotros depende el valor que les demos. De lo que nos pasa en ellos. Y aunque objetivamente los hay más amplios o estrechos, más hermosos o menos, mejor o peor conservados, lo que les da la dimensión de atemporales son los recuerdos que hemos vivido en ellos.

Decía Joaquín Sabina en sus Peces de ciudad que en Macondo comprendió que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Pero Macondo no es más que una ilusión. Un espacio imaginario al que dio forma García Márquez en sus Cien años de soledad.

Y porque no hay mal que tanto dure, ni corazón que tal herida resista, discreparé con el maestro aunque solo sea en esta cuestión. Volvamos a donde fuimos felices.

A la cocina de nuestra abuela.
A los abrazos del amor que nos acunaba entre sueños cada noche.
A la cama en que saltábamos de niños a escondidas de mamá.
A la puerta de casa.
Al penúltimo beso.

Regresemos.
Volvamos.
Retornemos.

Incluso a donde fuimos tristes. Porque la magia del tiempo hace que las lágrimas de ayer se tornen hoy en ácidas sonrisas tras pasar por el filtro de la perspectiva.

Porque la memoria es una caja de sapiencia que, con la edad, aprende a almacenar la pena en los archivos del fondo y en lo oscuro y a tener, mantener y retener los momentos felices listos y preparados para seguir sumando.

El paraíso no se halla en las playas de arena blanca y aguas turquesas. No está en los destinos de ensueño que publicitan las agencias de viajes. Está donde hemos escrito nuestra vida. En esos sitios donde pasamos la mayor parte de nuestro tiempo. Donde acontece nuestra propia historia.

Y es que los atlas solo dibujan nombres, ríos, mares, montañas. Son puntos dispersos y unidos. Juntos y a la vez distantes. Reflejan lo objetivo pero no lo vivido.

Todos poseemos una cartografía particular. Un mapa peculiar y personal donde trazamos nuestro camino. Donde se encuentran emociones, acciones y pensamientos.

Porque parafraseando y tergiversando sutilmente al ilustre Valle-Inclán:

Nada es donde es sino donde se recuerda.

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