Profesor@s al borde de un ataque de nervios

Queridos lectores:

No tengo el gusto de conocerlos a todos ni ustedes a mí, así que hoy, si me lo permiten, me tomaré la licencia de escribir sobre una parte importante de mi vida: la enseñanza.

Muchos piensan que los que nos dedicamos a esto lo hacemos por el horario o las vacaciones. Craso error. Lo peor es que hay algunos que se adentran en esta profesión por estos motivos.

Y aquí se trata de vocación.

Un buen profesor es una guía en ese pedregoso y convulso estadio llamado adolescencia. Es el elemento motivador que muchas veces te señala sin palabras cual ha de ser tu camino.

Yo recuerdo la primera explicación que di para toda una clase. Tenía quince años y mi profesora de Lengua me sacó a la pizarra. Debía explicar la tilde diacrítica. Y al hacerlo supe que era lo que deseaba hacer el resto de mi vida. Explicar los acentos, los diptongos, los períodos literarios e incluso la endiablada sintaxis, que, por más que finjamos no nos gusta a ninguno.

Nadie me avisó nunca que los alumnos que iban a esperarme al salir de la facultad eran todos unos cafres. Unos demonios a los que adoro todos los jueves por la mañana desde mi aula de clases particulares.
Ahora pueblan -aunque en menor medida que otros cursos- los alumnos (no confundir con estudiantes, que esos sí estudian) las academias y las casas de licenciados que, como yo, no hemos podido encontrar trabajo en la enseñanza privada, concertada ni pública.

Estos llegan cargados de suspensos y vacíos de ganas esperando que se les aparezca alguna virgen -con lo escasitos que estamos de estas- y aprueben el examen sin dar palo al agua.

Y entonces vienen los enfados. Los míos por supuesto. Porque aunque yo aprobé Lengua Castellana y Literatura todos los años de mi vida para mí sus exámenes son casi los míos. Y más allá aún, su ignorancia es una losa que pesa sobre mi cabeza, que me oprime el alma, y sobre todo, que me retrasa cada día un poco más.

Ellos vienen a hacer frases. Y yo cada semana repito aquello de: “las oraciones pueden ser simples y compuestas…”
Y las hacen. Al final aprenden a hacerlas. Pero entre medias, en los tropiezos, me tengo que detener.

Porque no saben escribir. No dominan la ortografía. Mucho menos la coherencia y la cohesión. Y de los textos orales mejor ni hablamos. Y no lo puedo permitir. Porque pese a que soy consciente de que aunque me debo ceñir al temario de otro, no puedo consentir que mis alumnos no sepan defenderse el día de mañana en su puesto de trabajo.

Nuestros jóvenes no saben español.

Es la cruda realidad.

Y la culpa no es de los móviles ni de los ordenadores. Es nuestra. Por haber consentido que se creen leyes educativas sin ton ni son. Por hacer unos temarios sin sentido donde priman los conocimientos teóricos frente a los prácticos. Porque los jóvenes de hoy no dominan su lengua materna porque, sencillamente, no la practican.

Y a pesar de que soy la primera que sufre cuando mis muchachos me dicen que “en” es un sustantivo o que “usted” es un adverbio eso no es relevante porque a fin de cuentas es “solo” gramática.

Lo duro es la ausencia de comunicación. La distancia abismal que nos aleja a pesar de que solo nos separa una diferencia de diez años. Y eso duele. Arde. Porque en mi conciencia queda el no enseñarles cosas útiles. Es mi deber darles las herramientas para que puedan desenvolverse en este mundo donde la manipulación verbal está a la orden del día.

Y entonces aparco las frases.

Les ayudo a redactar un currículum. Los obligo a debatir con argumentos. A exponer cualquier tema ante sus compañeros sin que les tiemble la voz. A realizar una reclamación. A defenderse con la herramienta más versátil porque “lo primero fue el verbo”.

Y luego volvemos a los cajones del demonio. Las matemáticas de la lengua.
A poner sintagmas sin tino. Con sus complementos directos, indirectos, de régimen verbal y demás “colegas”.

Pero con la mediana tranquilidad de que cada día saben algo más. Cada clase el conocimiento cubre una laguna. Y eso no hay dinero en el mundo que lo pague. Ni las vacaciones. Ni el horario. Ni una plaza para toda la vida.

El saber que contribuyo en algo en las vidas de estos desastres que tengo por alumnos -y sin los que me costaría vivir- es una de las cosas más gratificantes que existen en mi vida.

Y doy las gracias por ello. Porque aunque mi economía deja cada vez más que desear, la satisfacción de dedicarme a lo que me apasiona es difícil de verbalizar. Incluso para mí.

Soy afortunada.

Aunque viva a contrarreloj siguiendo una absurda lista de contenidos mínimos para los exámenes de septiembre.

La lengua hay que practicarla.

Con besos y con palabras.

El español hay que ejercitarlo en clase.

Debemos darle vida nosotros: Sus hablantes.

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