Internet y la vida en ciento cuarenta caracteres

La red.

¿Qué es internet? Dices mientras clavas tu pupila en mi pantalla. Y tras parafrasear a mi querido Bécquer de esta manera tan soez -sobre todo porque este tema está bien lejos de su amado Romantcismo- Diré que no lo sé.

Nadie lo sabe con exactitud. Es algo práctico. Posiblemente lo más. Todos lo usamos. No podemos vivir sin él. Sin ese tejido imaginario que nos permite comunicarnos e informarnos.

Y si no es cierto, que tire la primera piedra aquel a quien se le haya estropeado el rúter y no haya ardido en cólera perdiendo el norte y llamado raudo y veloz a su compañía telefónica.

¿Qué es internet? ¿Qué podría ser?

Quizás sea ese entramado matemático que no alcanzo a entender y que tantas veces me comprende.

Ese lugar en donde puedo gritar en mitad del silencio cómo pienso o siento.

Internet.

Ese espacio que nació para hacernos la vida más útil, fácil y rápida. La vida instantánea. En vivo y en directo.

Ya no recuerdo cuando leí un periódico en su versión en papel. Mucho menos mi última consulta a una enciclopedia.

Desde que el libro electrónico cayó en mis manos no he vuelto a leer una novela de las de “verdad”.
Y aunque hubo un tiempo en el que me resistí a ello -porque temía que sin pasar las páginas, sin el olor a papel nuevo, ninguna novela sería igual- he caído en la tentación de la comodidad.
En poder llevar muchas obras en solo ciento setenta gramos. En ahorrar porque la cultura en forma de literatura se ha convertido en negocio más que en ocio. Porque para un lector ávido y rápido, es imposible costearse un libro por semana.

Fue precisamente esto, la literatura en ebullición, la novedad tecnológica y su inmediatez lo que me hizo abrirme a ese mundo llamado Twitter.

Al principio, me sentía un poco como mi querido Ismael Serrano: incapaz de resumir un solo pensamiento en ciento cuarenta caracteres.

Por eso ponía los “twits” en dos veces. Incluso en tres. Pero poco a poco aprendí a hacerlo. A sintetizar con esfuerzo y sudor.

Y así, de repente, con una simple frase logras resumir un bullir de emociones: alegrías o penas, enfado o reconciliación, temor y valor.

Es cierto, es poco meritorio informar al mundo exterior sobre lo que pasa en tu vida, pero a la vez, la magia ocurre, y, al otro lado, a miles de kilómetros aparece un corazón asustado como el tuyo, una piel que soporta la misma presión y entonces llega la empatía.

Y la soledad mengua, porque, muchas veces, es más sencillo hablar de nosotros mismos con quien no nos conoce, quizá porque no le dolemos, tal vez porque vivimos lo mismo, solo que al otro lado.

Así que hoy quiero dar las gracias a propios y extraños, por permanecer al otro lado de mis palabras. Por estar junto a mí incluso cuando no los veo. Por dedicar su tiempo a mi rincón. Porque ese fue el trampolín que me trajo aquí: a esta columna donde me permiten mostrar los colores del mundo desde mis zapatos.

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